Camilo Zuluaga y Ana Cristina Restrepo dejaron ver de nuevo su animadversión contra los paisas. La una entrevistando a un supuesto abogado al que no dejaron entrar al escrutinio de votos que se cumplía en Plaza Mayor (aunque nunca le preguntó si, como obliga la ley, estaba inscrito por su partido o su candidato como testigo electoral) pero sí “guiándolo” para que asegurara que era la alcaldía de Medellín, y no las Comisiones Escrutadoras, responsables del proceso, las que impedían el ingreso de quien no estuviera acreditado.
Y la otra, Ana Cristina Restrepo, comparando la celebración de los “Abelardistas” antioqueños con las fiestas de “coronación” que, según ella, hacían los narcos en tierras paisas en los años 80.
Esta última afirmación fue la que más molestó a los antioqueños, porque cada ciudadano que aplaudió el triunfo y elección de Abelardo De La Espriella, era, para ella, un narco celebrando, en un señalamiento que Ana Cristina Restrepo disfrazó como “la emisión de sus opiniones en la libertad de expresión que le han dado” y las cuales, según afirmó, no son sujetas de rectificación “según los estándares internacionales de la libertad de prensa”.
Esas palabras llevaron a que numerosos oyentes enviaran derechos de rectificación a Bluradio, los cuales recibieron como respuesta que “…les ofrezco excusas, sin embargo, reitero que las opiniones no se rectifican…”.
Después Camila Zuluaga y Ana Cristina Restrepo entraron en ese juego de palabras ya conocidas que termina en victimizarse, que hay supuestas amenazas y que hay señalamientos y palabras contra esta última y su familia “…que no son ciertas” y hasta una inverosímil acusación de que “le tiraron un taxi…”, como si el reconocimiento de Ana Cristina Restrepo se proyectara más allá de las oficinas de Bluradio.
Pero a la gente hay que creerle.
¿Cómo responder a las agresiones de Ana Cristina Restrepo?
Precisamente ayer circuló masivamente una columna de Santiago Vélez, columnista de El Espectador, quien pedía que se olviden los señalamientos y prejuicios contra los antioqueños que siempre llevan a calificativos de “narcos”, como el de Ana Cristina Restrepo, y agregando que se respetara a una región y sus gentes que han enfrentado las mayores violencias en Colombia, y las han superado.
Esta es la columna de Santiago Vélez en la plataforma X:
Medellín tiene que superar el narco-cliché. Por Santiago Vélez;
“Me recordó a los 80 cuando coronaban los mafiosos”, dijo irresponsablemente una periodista en Blu Radio sobre la celebración en Medellín tras el triunfo de Abelardo de la Espriella. No hablaba de una denuncia, de una investigación ni de una relación entre la campaña y el narcotráfico. Hablaba de gente celebrando “la fiesta de la democracia” con pitos, vuvuzelas y pólvora.
Que a la periodista no le guste la pólvora es perfectamente válido. A mí tampoco me gusta. Hace ruido, asusta a los animales, contamina, es peligrosa y las alboradas son una costumbre que Medellín debería dejar atrás. Creo que muchos paisas estarían de acuerdo con varias de esas críticas.
Pero una cosa es cuestionar la pólvora y otra muy distinta convertir una celebración electoral en una evocación de mafiosos. ¿Cuál es el vínculo? ¿Qué elementos permitían insinuar que Medellín celebraba como cuando un narco coronaba un embarque de cocaína? Ninguno. Había ciudadanos celebrando el triunfo de su candidato, con una estética que puede disgustar, pero sin relación alguna con el narcotráfico.
Esa asociación dice más de quien la fórmula que de la ciudad. Es el viejo reflejo de mirar a Medellín y sacar el mismo libreto de siempre. Hay ruido, entonces narcos. Hay pólvora, entonces Pablo Escobar. Hay una multitud celebrando, entonces los Ochoa. Como si esta ciudad estuviera condenada a ser interpretada eternamente desde su peor trauma.
Medellín no niega lo que vivió. Nadie olvida los años de terror, las bombas, los asesinatos, así como las empresas y las familias destruidas por el narcotráfico. Precisamente por eso es tan irritante que se use esa memoria dolorosa como una metáfora fácil y perezosa para criticar una noche de celebración política.
Además, el daño no termina en una frase de radio. Esa asociación se replica en redes, titulares, búsquedas y conversaciones. Se vuelve parte del archivo digital con el que el resto del mundo mira a Medellín. Un turista, un empresario o un estudiante que busca información sobre la ciudad vuelve a encontrarse con el mismo estigma de siempre: Medellín igual narcos.
Y así, por una comparación perezosa e irresponsable, se borra todo lo demás: la ciudad que ha resistido, trabajado y cambiado. La ciudad de empresas, universidades, cultura, innovación y millones de ciudadanos que no aceptan ser comparados con Pablo Escobar.
Que critiquen la pólvora. Perfecto. Que critiquen a Abelardo de la Espriella. Perfecto. Que critiquen a Medellín. Perfecto. Pero que piensen un poquito y dejen de usar el narco-cliché como atajo retórico para hablar mal de esta ciudad. Nuestros hijos no tienen ni idea quién fue Pablo Escobar y no merecen cargar con ese estigma por el resto de sus vidas solo por haber nacido en Medellín”.

