El 28 de noviembre de 2016, la tragedia de LaMia cayó sobre las montañas de Antioquia. El avión de esa aerolínea, que transportaba al equipo de Chapecoense, se estrelló cerca de La Unión, dejando 71 víctimas y un dolor que atravesó fronteras, idiomas y camisetas.
Pero en medio de la tragedia ocurrió algo extraordinario: Medellín abrazó a Chapecó.
Durante las 48 horas siguientes, miles de antioqueños llegaron al Estadio Atanasio Girardot con velas encendidas, mensajes escritos a mano, coronas fúnebres y flores. Algunos vestían de blanco; otros, de negro. Todos llevaban el mismo sentimiento: solidaridad con las víctimas, sus familias y un pueblo brasileño que lloraba la pérdida de su equipo.
El estadio dejó de ser un escenario deportivo para convertirse en un lugar de memoria. Allí, el silencio dijo más que cualquier discurso. Las lágrimas se mezclaron con las oraciones, y el dolor de Chapecó encontró en Medellín una ciudad dispuesta a acompañarlo.
Medellín, Chapecó tragedia de LaMia:

Durante esos dos días, el fotógrafo Gabriel Buitrago estuvo presente y registró cerca de 500 imágenes. Cada fotografía conserva un instante de aquella despedida: una vela temblando entre las manos, una pancarta escrita con dolor, una flor depositada en memoria de una víctima, un rostro anónimo unido a una tragedia que conmovió al mundo.
Buitrago, fundador y jefe de fotógrafos del periódico El Mundo y ganador de los principales premios nacionales e internacionales de reportería gráfica, convirtió su cámara en testigo de una historia que no podía quedar en el olvido. Sus imágenes no solo documentan la muerte; también revelan la grandeza de una ciudad que, en el momento más difícil, eligió acompañar, recordar y abrazar.
A 10 años de la tragedia Gabriel Buitrago, acompañado del Maestro Wbeimar Muñoz Ceballos y los periodistas Pablo Arbelaéz y Carlos Mario Giraldo, quiere hacer un libro y recuperar la memoria de aquellos días en que Medellín se vistió de blanco y negro por Chapecoense. Es un homenaje a las víctimas, a sus familias, a Chapecó y a todos los antioqueños que demostraron que, frente al dolor, la solidaridad puede convertirse en un lenguaje universal.
Porque Chapecó en la tragedia de LaMia nunca estuvo solo. Porque Medellín nunca olvidó.
Y porque hay imágenes que no solamente cuentan lo que ocurrió: también conservan para siempre la humanidad de quienes estuvieron allí.


