¿Quién es Iván Cepeda?, es el artículo de Felipe López en la Revista Cambio, que retrata el candidato de Gustavo Petro a la Presidencia de Colombia.

Felipe López, hijo del expresidente Alfonso López Michelsen, compró el nombre de la revista Semana en 1982 (había sido fundada por Alberto Lleras en 1946) y durante cerca de 40 años la convirtió en uno de los medios de comunicación más poderosos de Colombia, hasta que un día, cuando ya casi no le daba plata y la crisis de los medios impresos la golpeaba fuertemente, se la vendió a la familia Gilinsky.

Ahora, presta su conocimiento, su sapiencia política y su conocimiento del país para una serie de artículos en la Revista Cambio sobre los candidatos presidenciales. Este es el primero ¿Quién es Iván Cepeda?, que deja mucha preocupación sobre el candidato heredero de Gustavo Petro a la Presidencia.

¿Quién es Iván Cepeda?

Nota del director: En los cuarenta años en que Felipe López Caballero dirigió, desde su escritorio, el debate público en Colombia, nunca firmó un artículo. Por eso, este domingo, ha ocurrido algo inédito: por primera vez, un texto lleva su nombre. Para este medio no es solo una primicia: es un privilegio. Felipe ha aceptado nuestra invitación para retratar bajo su lente, analítico, cínico y gracioso, a los candidatos presidenciales. El primero fue Iván Cepeda. Algunos estarán de acuerdo con sus apreciaciones; a otros tal vez les incomoden. Lo cierto es que contar hoy con su firma en un artículo de Cambio es un lujo que ningún medio había podido darse. Este es un día feliz para mí y, me atrevo a decir,  también para el periodismo colombiano.

A primera vista, pocos temperamentos parecen tan ajenos a lo que se espera de un candidato presidencial como el de Iván Cepeda. Es un hombre sobrio, reflexivo y mesurado, metido en un juego en el que, por lo general, llevan la ventaja los que atacan, los que gritan y los que exageran que son, al fin y al cabo, los que despiertan emociones.

Ese autocontrol que siempre ha caracterizado al candidato del Pacto Histórico nunca fue tan evidente como en el momento más doloroso de su vida: el día en que su padre fue asesinado. Cepeda, quien tenía 32 años, vio el carro de su padre en lo que pensó que era un accidente. Al bajarse descubrió que era un asesinato. Como ya habían llegado las cámaras de televisión, su primera reacción quedó grabada. Sin explosión emocional, sin histeria e incluso sin llanto, dijo en un tono pausado que ocultaba su dolor: “Acabo de ver esta cosa tan terrible. Yo le pido al país, al presidente Samper y a quienes tienen que ver con la justicia, que hagan algo para parar esta ofensiva contra los dirigentes de izquierda y que no quede este crimen impune”.

Este hombre de apariencia fría, de camisa sin cuello y criado en un hogar comunista, ha sido el líder en todas las encuestas de primera vuelta y el único candidato que tiene garantizado su ingreso a la segunda vuelta. Los escépticos sobre sus posibilidades aseguraban que tenía un techo del 30 por ciento de intención de voto. Ese techo no solo se rompió, sino que el candidato está cerca del 40 por ciento en las encuestas. Esta cifra ha llevado a algunos antipetristas asustados a pensar que, de continuar esta dinámica, haya una posibilidad de que gane en primera vuelta.

Eso no va a suceder. La radicalización de Cepeda —confirmada con la escogencia de su fórmula vicepresidencial— lo distanció del centro. Por eso, aunque en las encuestas es el primero en intención de voto, también tiene el índice de rechazo más alto. Tal vez por eso no era la primera opción del presidente, que consideraba que una figura de centro como Roy Barreras sería más elegible. Sin embargo, la consulta disparó a Cepeda y Petro, algo sorprendido, cambió de caballo y se puso la camiseta del senador de izquierda.

Antes de eso, Cepeda no estaba en la baraja de los posibles sucesores de Gustavo Petro. Era un senador a quien sus colegas respetaban por su coherencia ideológica, su solidez intelectual y un temperamento conciliador que le permitía llegar a acuerdos con los contrarios. Nunca le vieron ambición personal. Nadie en el Capitolio lo consideraba un presidenciable.

Lo paradójico es que, sin quitarle méritos, nunca hubiera llegado a eso de no ser por su guerra judicial con el expresidente Álvaro Uribe. Ambos, de alguna manera, tienen vidas cruzadas. El padre de Uribe fue asesinado por las Farc y el de Cepeda por agentes del Estado. Hoy sus hijos están repitiendo en las urnas esa confrontación de los dos polos del conflicto armado que llevó al asesinato de ambos padres.

El hecho es que Iván Cepeda, enfrentado a dos candidatos uribistas, ganará la primera vuelta. Sobre la segunda no hay nada definido. Hasta esta semana el candidato del Pacto Histórico aparecía como el triunfador en todas las encuestas. Sin embargo, en la última de Atlas Intel para Semana, por primera vez lo derrotan en el segundo round tanto Abelardo de la Espriella como Paloma Valencia. En las próximas semanas habrá múltiples encuestas en las que se verá si esta es una tendencia consolidada.

Aun así, el candidato de la izquierda tiene muchos factores de poder a su favor y está vivito y coleando. En la historia de Colombia la izquierda nunca ha estado más fuerte y el poder tradicional más débil. El candidato de Petro cuenta, no solo con la chequera y los contratos del gobierno, sino con la maquinaria del Pacto Histórico, que con 60 congresistas es la más poderosa del país. En las últimas elecciones parlamentarias, ese partido aumentó su votación en más de 1000 municipios. Es amo y señor en el Pacífico, en la mayoría del Caribe y en el centro ha ganado terreno en Tolima, Boyacá y Cundinamarca. En Bogotá sigue muy sólido.

Cualquier candidato envidiaría ese músculo electoral. Sin embargo, el principal elemento que tiene Cepeda a su favor es que va en coche. El presidente está haciendo su campaña más que él. Petro, en medio de su lucha de clases, su populismo y su irresponsabilidad fiscal, logró mejorarles la vida a muchos colombianos. ¿Cuántos? Es difícil hacer un cálculo absoluto, pero se estima que al menos 5 millones de personas se han beneficiado directamente con las medidas de este gobierno. Si a esto se suman los dependientes, esa cifra podría multiplicarse en millones de votos.

La generosidad petrista va mucho más lejos que el aumento del 23 por ciento en el salario mínimo que recibieron 2.4 millones de empleados formales. Adultos mayores, pensionados, soldados y policías, becarios del Sena, repartidores de Rappi y otros tienen razones de peso para querer la continuidad del Pacto Histórico. Por dar solo un ejemplo, un soldado o un policía que ganaba entre 400 y 700 mil pesos hoy recibe los 2 millones del salario mínimo. Ese salto le cambia la vida a toda la familia y da para que la mamá, la esposa y los hermanos voten por la izquierda. No se puede desconocer que los gobiernos anteriores, en una u otra forma, han tratado de mejorar la vida de los pobres. La ventaja de Petro no es solo que ha ido más lejos, sino que ha sabido venderse como el redentor de ellos.

Ese derroche del gobierno ha servido para que Cepeda encabece las encuestas, pero a un costo futuro enorme para los colombianos. El populismo petrista le dejará al próximo presidente una situación crítica. En el pasado, los nuevos mandatarios heredaban uno o dos sectores en cuidados intensivos. El próximo recibirá un incendio en todos los frentes. Los analistas serios coinciden en que el año entrante habrá crisis en seguridad, crisis en salud, crisis fiscal, crisis energética, y en que será necesario reactivar sectores como el de la infraestructura y la vivienda que están por los suelos.

Ante la tormenta perfecta que se avecina, no es claro que el mejor capitán del barco sea Iván Cepeda. Sus prioridades son la paz, los derechos humanos y las víctimas, y lo que el país necesita es un titán de la seguridad y la economía. La paz total, de la cual fue su principal arquitecto, es un estruendoso fracaso. Cepeda considera que puede haber algunos errores que requieran ajustes, pero que el experimento está vivo; tanto, que los grupos armados han aumentado su tamaño en 40 por ciento y hoy hacen presencia en la tercera parte del país. Para citar solo un ejemplo, las disidencias de las Farc de Iván Mordisco, y otros, estaban en 65 municipios al final del gobierno Santos, en 123 cuando se fue Duque, y hoy van en 180.

Los retos en materia económica son igual de grandes. La situación fiscal es insostenible y la única solución posible es hacer recortes importantes del gasto público. Tal vez no del 40 por ciento que promete Abelardo de la Espriella, pero lo evidente es que, sin una cirugía de fondo, habría consecuencias graves. Hoy el 22 por ciento de los títulos del Estado están en manos de fondos extranjeros que, sin un ajuste macroeconómico, podrían venderlos. Eso dispararía el dólar, hasta hoy dormido. Igualmente, la banca multilateral, que con sus créditos ha mantenido a Petro a flote, podría cortar el chorro si no hay un ajuste fiscal. Ante este panorama, de ser elegido, Cepeda podría llegar a pensar que nunca se debió montar en ese potro.

Como pasaba con Gustavo Petro, el mayor temor sobre Cepeda es que sea un comunista que podría imponer en Colombia un modelo de gobierno como el de Cuba o Venezuela. Eso no tiene ni pies ni cabeza. Para comenzar, el comunismo ya no existe. Solo 2 países en el mundo aplican el marxismo leninismo en forma ortodoxa: Cuba y Corea del Norte. Y, como van las cosas en la era de Donald Trump y Marco Rubio, es probable que al final de este año solo quede Corea. Cepeda, quien vivió en Cuba en su juventud y siempre vio a Fidel Castro como su ídolo, ha sufrido más que cualquiera el fracaso e inminente colapso de la Revolución Cubana.

Algunos creen que los antecedentes izquierdistas de Cepeda pueden poner en peligro las relaciones con Estados Unidos. Incluso piensan que Trump no quiere que el próximo presidente de Colombia sea del Pacto Histórico. De ahí concluyen que, así como el gobierno gringo ha intervenido en varias elecciones en la región, también podría hacerlo en Colombia. Eso, sin embargo, tampoco va a pasar. La única presión que ha ejercido Estados Unidos fue incluir a Petro en la lista Clinton y exigirle transparencia en las elecciones para salir de ella. Eso puede evitar un fraude, pero no define quién gana.

Además de “comunista”, el otro rótulo que se le ha impuesto al senador es el de ser candidato de las Farc. Este cargo se lo han hecho, entre otros, Álvaro Uribe, Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia. Lo sustentan en sus orígenes familiares, su ideología política y su cercanía con diversos actores del conflicto. Él aclara que todos esos contactos se dieron en el marco de negociaciones de paz, y que atribuirle militancia subversiva por eso es una estigmatización igual a la que terminó en el asesinato de su padre. La verdad es que, así como Álvaro Uribe ha vivido entre caballistas y fincas en Córdoba, Cepeda creció entre comunistas y revoltosos clandestinos. Eso no hace al primero paramilitar ni al segundo guerrillero.

Iván Cepeda ha manejado su candidatura de forma inusual. Aparece poco en los medios, no va a debates, y su programa de gobierno en el fondo no dice nada concreto. Está lleno de propósitos nobles y lugares comunes con los cuales nadie podría estar en desacuerdo, pero prácticamente no hay en él una sola política pública concreta. La ausencia de un plan de gobierno a estas horas solo tiene dos posibles explicaciones: o él todavía no sabe qué va a hacer, o sí sabe y no quiere revelarlo para evitar posibles diferencias con Petro. Para dar solo un ejemplo, de pronto a Iván Cepeda no le parece que autorizar la exploración de petróleo y gas sea equivalente a exterminar la raza humana.

Habla de un Gran Acuerdo Nacional en el que las fuerzas políticas se sentarían a negociar las medidas para sacar al país adelante. Eso suena rimbombante, pero carece de novedad. No conozco un solo presidente que no haya ofrecido algo parecido. En la práctica, el tal gran acuerdo no sería más que una coalición de gobierno basada en acuerdos programáticos y burocráticos. Eso es lo normal y lo conveniente, pero no hay necesidad de presentarlo como una refundación de la patria.

Lo que sí es una refundación de la patria, y de paso un desastre, sería la constituyente de Petro. Sin embargo, el gran acuerdo nacional le ha servido a Cepeda para no comprometerse con esa peligrosa iniciativa, sin descartarla del todo. Insinúa que si el acuerdo se concreta no haría falta cambiar la Carta Política. Como con los políticos siempre hay que ser desconfiado, esa ambigüedad deja vivo el fantasma de una constituyente.

Los promotores de esa iniciativa no están pensando en aprobar un par de reformas sino en cambiar el modelo económico y político del país. Así como un gobierno de Iván Cepeda no sería el fin del mundo, una constituyente bajo su mando sí lo sería. A los creativos del derecho petrista la separación de poderes les parece un bloqueo institucional. Tampoco les gusta la independencia del Banco de la República y aun menos el voto universal para elegir a sus integrantes. Les gustaría que esa magna Asamblea fuera en buena parte integrada por sectores populares escogidos a dedo. Y tal vez lo más grave es que quieren que el presidente pueda sacar sus reformas a través de plebiscitos si las instituciones se le oponen.

En el ajedrez político se están moviendo algunas fichas que tranquilizan un poco frente a ese riesgo. Cepeda está recibiendo el apoyo de pesos pesados de la política, como los de Juan Fernando Cristo, Ariel Ávila y Carlos Amaya, quienes son conscientes de las implicaciones de abrir esa caja de pandora. Por otra parte, los requisitos para cambiar la constitución son tan exigentes que, aun si Petro y Cepeda quisieran, muy probablemente no podrían.

Iván Cepeda ha dicho que, si gana, el 7 de agosto los corruptos tienen que empezar a temblar. Esa frase suena bien, pero tiene un problema: la historia ha demostrado que cada vez que un gobierno llega al poder con la bandera de acabar con la corrupción, termina siendo más corrupto que el anterior.

Los triunfos de Chávez en Venezuela y de Petro en Colombia obedecieron al hastío por la corrupción de los partidos tradicionales. Sin embargo, el año pasado el gobierno de Estados Unidos incautó dos jets privados que están a nombre de testaferros del régimen. Se ha especulado que los verdaderos dueños podrían ser Maduro y Delcy Rodríguez. Y, en cuanto a Colombia, ya sabemos lo que pasó. La buena noticia para Cepeda es que, en materia de corrupción, el récord de Petro es muy difícil de superar.

Aunque Cepeda no es corrupto y es visto por algunos como una especie de monje budista, austero, desprendido y pacifista, no está libre de pecado. Las cuentas de su campaña para la consulta de la izquierda resultaron fraudulentas. De los 964 millones de pesos que reportó como gastos ante el Consejo Nacional Electoral, 609 provinieron de una empresa fantasma y 106 de un individuo que negó haber dado un solo peso. Ahí, técnicamente, se configurarían 2 delitos: falsedad documental e intento de fraude procesal porque el propósito de esa falsedad era la plata de la reposición de los votos. Sin embargo, en los últimos 40 años, no ha habido un solo presidente que no haya tenido alguna irregularidad en su campaña y a ninguno le ha pasado nada.

Otro pecadillo del candidato se relaciona con un correo que apareció en el computador de Raúl Reyes, en el que una guerrillera con el exótico alias de Ingrid Storgen, escribió: “Por pedido del compañero Iván Cepeda estoy coordinando la unidad de las marchas que se harán en todos los países el próximo 6 de marzo”. Cepeda montó un show indignado y luego denunció un montaje de los servicios de inteligencia. Esa mentira es ridícula. Si alguien quisiera hacerle daño, no lo haría asociándolo con marchas por la paz sino con armas o secuestros. Para ensuciarlo, lo lógico hubiera sido vincularlo con Jojoy, Romaña o el Paisa, y no con una guerrillera de nombre escandinavo a quien nadie conoce.

Otra crítica que se le puede hacer al candidato es la de los silencios estratégicos. Frente a los escándalos más grandes de este gobierno no ha dicho ni mú. Los 15.000 millones de Benedetti que podrían “tumbar las torres gemelas”, las chuzadas a Marelbys, las platas de Euclides Torres y Papá Pitufo en la campaña, la infiltración de Calarcá en la inteligencia, los chanchullos de Nicolás Petro o los escándalos de Juliana Guerrero, no merecieron un comentario del candidato. A Cepeda parece gustarle de este Gobierno la carne, pero no el hueso.

La gran pregunta que los colombianos se están haciendo es qué clase de gobierno haría el segundo presidente del Pacto Histórico. Al respecto hay elementos que tranquilizan y otros que asustan. Seguramente no se repetiría el circo que se ha visto en los últimos 4 años. No habría agitación callejera permanente, trinos incoherentes a media noche ni discursos intergalácticos. Frente a Petro, Cepeda sería independiente pues tiene peso político propio y autonomía de vuelo.

El despelote que tanto le han criticado al actual presidente tuvo la virtud de que muchas de sus intenciones se quedaron en discursos. Eso no pasaría con Cepeda. Él, a diferencia de Petro, madruga a trabajar, no es de broncas y sabe hacia dónde va. El problema es que los que no lo saben son los colombianos”.

¿Quién es Iván Cepeda y qué responde?

Anta la masificación del escrito, el candidato Iván Cepeda expidió un comunicado en sus redes sociales, donde trata de aclarar los costos de su campaña en la consulta del Pacto Histórico: